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Dra. Ivelisse Torres Fernández, catedrática auxiliar de la Universidad Albizu en el Centro Universitario de Mayagüez

on el fin del receso de verano, la escuela vuelve a ser el lugar donde niños, niñas y jóvenes pasan gran parte de su día. Si la consideramos como una extensión del hogar por su rol formativo, es claro que cualquier situación adversa que el estudiante viva en el entorno de la familia o la comunidad puede reflejarse en su conducta escolar. Reconocer esas señales de trauma puede ser determinante para brindar apoyo y activar intervenciones oportunas.

La doctora Ivelisse Torres Fernández, catedrática auxiliar de la Universidad Albizu en el Centro Universitario de Mayagüez, explica que “en algún momento de la vida una persona estará expuesta a una experiencia traumática, pero no todas desarrollarán síntomas”. La reacción a la situación de trauma dependerá de factores como la intensidad y proximidad del evento, así como la edad.

Torres Fernández añade que algunas señales que podrían ser indicativas de trauma incluyen cambios súbitos de comportamiento o rutinas, alteraciones en el sueño o la alimentación, pérdida de interés en actividades placenteras, hipervigilancia, irritabilidad, hiperactividad, dificultad para concentrarse y desregulación emocional. En estos casos, el maestro puede ser la primera figura en detectar esos cambios en la conducta del estudiante.

«En algún momento de la vida una persona estará expuesta a una experiencia traumática.»

Cuando se identifica una necesidad de intervenir, Torres Fernández recomienda el modelo EVA como guía al docente para adoptar un enfoque informado en trauma. Este acercamiento procura primeramente escuchar (E) activamente a la persona sin emitir juicios. Propone en segunda instancia validar (V) la emoción o reacción, reconociendo que algo está afectando adversamente a la persona, aun cuando en esta etapa falte información para entender a cabalidad la situación. Recomienda como tercer paso ofrecer acompañamiento (A), haciendo preguntas que ayuden a identificar el tipo de apoyo que la persona necesita.

Este primer acercamiento debe servir de base para un esfuerzo integral. En el campo de la psicología escolar se utiliza el modelo Sistemas de Apoyo Multinivel, que busca la raíz de las dificultades emocionales o académicas para atenderlas desde diferentes dimensiones. Este enfoque interdisciplinario involucra profesionales de la salud y de apoyo escolar para conectar a la familia, la escuela y la comunidad. Más allá de la detección, el apoyo informado en trauma procura crear un ambiente escolar seguro y sensible. El modelo PBIS (Positive Behavioral Interventions and Supports) propone tres niveles: prevención universal, intervención selectiva e intervención intensiva.

Con una estrategia en el primer nivel, explica Torres Fernández, se consideran estrategias para modelar conductas positivas en todo el estudiantado. El segundo nivel del modelo busca atender a estudiantes de potencial alto riesgo que pueden requerir intervenciones para reforzar destrezas como la autorregulación o resolución de conflictos. El tercer nivel establece intervenciones para estudiantes que necesitan terapia individual o asistencia más especializada.

«La colaboración con el trabajador social, el consejero escolar, la enfermera, los maestros y el director es fundamental.»

Aunque la estructura puede variar, las investigaciones coinciden en que la combinación de enfoques mejora la capacidad de apoyo y permite identificar casos que requieren evaluaciones o tratamientos más allá de lo que puede ofrecer la escuela. Torres Fernández subraya que toda intervención debe evaluarse continuamente para medir su efectividad y ajustarla según los resultados. Además, resalta el valor del trabajo en equipo: “La colaboración con el trabajador social, el consejero escolar, la enfermera, los maestros y el director es fundamental no solo para el desarrollo emocional del estudiante, sino también para su éxito académico”.

Desde la escuela, un enfoque informado en trauma puede abrir el camino hacia la recuperación y transformar la vida de niños y jóvenes vulnerables. La meta final es que los estudiantes desarrollen destrezas transferibles al hogar y la comunidad, y que, como indica Torres Fernández, “se sientan acompañados, apoyados y comprendidos” en el proceso.

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